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Vilma está encerrada desde hace más de un año

Vilma es la primera en despertar en la casa de la familia B, en Surco. Son las cinco de la mañana. Apenas distingue las cosas a su alrededor, su habitación no tiene ventanas, la única luz entra por debajo de la puerta, el foco no funciona hace días, el bochorno es insoportable.

Lo que antes era el almacén de juguetes de los hijos de los empleadores, ahora tiene una cama, un armario mediano, un pequeño escritorio y, todavía, un par de cajas de dinosaurios y carritos.  Mide cinco metros cuadrados.

Así son las dimensiones de las famosas habitaciones de servicio. 

Un estudio sobre las casas de la clase alta limeña que realizó la artista y militante antirracista, Daniela Ortiz, prueban estas medidas. Hay que resaltar que dicha investigación aborda hogares construidos entre 1930 y 2012.

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Vilma se asea en el baño de visita, parece ser una mañana tranquila, aún nadie grita su “nombre”. Se alista. Otro día más con el buzo de siempre. 

Los empleadores ya no dan uniformes desde que esta práctica se multa por ser discriminatoria. 

Sin embargo, encontraron otra forma de uniformarlas a través de los buzos. Los empleadores dicen que “así se sienten más cómodas”.

Mientras termina de alistarse, observa un cuadrito que cuelga sobre su cama, allí se halla una fotografía de ella cuando tenía 5 años, junto a sus padres, en Loreto, el lugar donde nació.

A los 7 años llegó a Lima para hacer trabajo doméstico. Ella y la mayoría de sus compañeras empezaron siendo muy menores. A tan corta edad también sufrieron violencias y múltiples discriminaciones. 

A los 10, sus anteriores empleadores la amenazaron de muerte si no cumplía con cuidar a su hijo.

A los 12, a una de sus compañeras afroperuanas le obligaron a ocultar su cabello, y, en vez de llamarla por su nombre, le decían “negrita”. Cuando la despidieron, le dijeron que era por su color de piel.

Ahora Vilma tiene 53 años. El desayuno está listo, avisa a la familia, después de unos minutos los niños bajan corriendo y la empleadora le dice: “Gracias Camila, puedes retirarte”. Le cambió el nombre porque Camila le “agrada más”. 

Desayuna en la cocina. Su empleadora le dice si quiere ver televisión. Acepta, pero a cambio le ordena planchar su ropa.

Vilma lleva más 400 días trabajando para la familia B, pero su empleadora siempre le repite que no olvide ordenar y limpiar las áreas de la casa.

Foto: Flor de Milagros Núñez

Más tarde, mientras termina de almorzar en la cocina, Vilma le indica a su empleadora que ya se acabaron algunas especias y verduras, así que tiene que ir al mercado.

Al cerrar la puerta de la casa, suelta una gran bocanada de aire, un alivio temporal. Podría huir, tomar un taxi hacia su casa y ver a su hija, podría ser libre, pero si lo hace se acaba el dinero, para el sustento de ambas.

El 15 de marzo del 2020, cuando se declaró estado de emergencia y cuarentena, Vilma le dijo a su empleadora que debía ir a su hogar para estar con su hija. Se lo negó. Después la condicionó, le dijo que podía irse, pero sería despedida, en cambio, si se quedaba podía seguir con su salario. 

Aceptó, luego de unos meses, la empleadora le recortó el salario bajo la excusa de que a ella también le habían recortado el sueldo en la empresa.

Según la Defensoría del Pueblo, el 49% de las trabajadoras del hogar recibe un salario muy por debajo de la remuneración mínima (S/ 930), siendo S/ 200 el más bajo. Todo ello haciendo 14 horas diarias o más.

Vilma tuvo que aceptarlo, de otra forma sería parte del 70% de trabajadoras del hogar que han sido despedidas durante la pandemia.

“Pero mira el lado bueno, aquí tienes agua caliente, cama, internet, comida etc. No hay de qué quejarse. Eres como mi hermana”, le dijo la empleadora. 

“En realidad, ¿esos no son mis derechos? No son favores”, pensó Vilma y recordó lo que han hecho muchos de sus jefes, por ejemplo, dar regalos en lugar de gratificaciones y CTS, clínicas y automedicación como una especie  un seguro.

Foto: Flor de Milagros Núñez

En el mercado saluda a sus compañeras. Así conoció a muchas trabajadoras del hogar de varias organizaciones, como Lidia, quien le contó sobre cuáles eran los derechos que les debían ser reivindicados. Siempre la veía los domingos, se sentía identificada con ella.

Le decía que era amiga de María Elena Moyano y le hablaba sobre la organización histórica de mujeres racializadas y empobrecidas. 

También le narró cómo es que muchas trabajadoras domésticas de todo el mundo, incluida Lidia, lucharon por el Convenio 189, en donde se establecieron sus derechos laborales.

En el 2010 y 2011 viajaron a la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Ginebra (Suiza) para discutir este convenio. Participaron varias federaciones y sindicatos de muchos países. 

Hubo mucha resistencia de algunos gobiernos. Y como en los debates no se podía gritar y aplaudir, se pegaban stickers en la frente y espalda. Las discusiones eran hasta la noche y ellas, a pesar del cansancio, se mantenían vigilantes. 

En junio del 2011 lo lograron, se firmó el convenio. Para ellas fue un reconocimiento de justicia para muchas que fueron asesinadas o violadas por sus empleadores. 

Por casos que quedan en la impunidad o que se tergiversan, como el de una compañera lanzada de la ventana por su empleadora. Al final, la versión que se propagó entre vecinos y trabajadoras fue que se trataba de un “suicidio”.

Aunque, para tener sus derechos todavía faltaban más pasos, el Perú tardaría 7 años en ratificar el convenio.

Foto: Flor de Milagros Núñez

Vilma saluda a varias compañeras de regreso a la casa de Surco, uno de los distritos que concentra la mayor cantidad de trabajadoras del hogar, junto a San Isidro, Miraflores y La Molina, según la Sunat.

Ya más tarde, la empleadora grita su nombre falso y le ordena abrir la puerta del garaje. Pasan un par de autos, son amigos y amigas de la familia. 

En la sala ríen, pero cuando Vilma se acerca a atenderlos, la miran con desconfianza a pesar de que ella lleva una mascarilla y ellos no. 

Una le pregunta si ya se hizo su prueba molecular. Rápidamente emite una carcajada y los demás también.

Vilma espera en la cocina, por si la llaman de nuevo. Desde allí escucha sus conversaciones.

—“¿Ella hace todo sola? ¿No has pensado en contratar a alguien más? 

—¿Para ayudarla? 

—Claro, pero lo más importante es que tu familia gana más valor, mejor reputación, tú me entiendes.

 —Tienes razón, pero por ahora creo que Vilma puede encargarse de todo”.

Vilma piensa en Lidia, en las marchas, en los sindicatos, en sus derechos, en su voz. De pronto, todo eso se ve recortado por las palabras de uno de los amigos de la empleadora. 

“Ahora debes pagarle sus derechos como cualquier trabajador, ¿no?”.  —Supuestamente”.

Foto: Flor de Milagros Núñez

El 5 de septiembre del 2020, después de décadas de lucha, las trabajadoras del hogar lograron obtener una ley que reconocía sus derechos completos, aprobada aquel día en el Pleno Mujer del Congreso.

Después la norma fue promulgada por el Gobierno a finales de dicho mes. Sin embargo, aún no se ha reglamentado, —a pesar de que el plazo para hacerlo era hasta diciembre del 2020—,  y esa es la principal excusa de los empleadores para no respetar la ley.

Asimismo, las trabajadoras del hogar han enviado un oficio a la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) solicitando una reunión urgente con la premier, Violeta Bermúdez, para tratar el proceso de reglamentación, pero a la fecha no hay una respuesta.

Al respecto, Mataperrea se comunicó con la PCM, la respuesta fue que “ni bien se recibieron los oficios y cartas de las organizaciones sindicales, remitieron las misivas al Ministerio de la Mujer, así como al Ministerio de Trabajo, por ser de su competencia”, e indicó que estas gestiones se comunicaron a las federaciones/sindicatos.

También se envió la consulta al Ministerio de Trabajo para saber acerca del proceso de reglamentación, pero no hubo respuesta. 

La Federación Nacional de Trabajadoras y Trabajadores del Hogar Perú (Fenttrahop), indica que el Gobierno hasta el momento no instala la mesa multisectorial para promover el cumplimiento de sus derechos.

La poca seriedad e importancia con la que el Ejecutivo trata el tema revela su complicidad con los rezagos coloniales, tal y como lo especifica un artículo del exviceministro de Empleo, Fernando Cuadros, donde detalla la precarización de su empleo. 

Hay que recordar que el 92% todavía trabaja en condiciones informales, según el Fenttrahop.

Foto: Flor de Milagros Núñez

Llegan más amigos de la familia. Vilma los atiende. El distanciamiento social y la bioseguridad es nula. La empleadora le dice que puede ir a “descansar”. 

Vilma entra a su cuarto aliviada. Espera que su salud continúe bien, mañana y los siguientes días porque sabe que todo siempre puede empeorar. 

Más de 60 de sus compañeras fueron contagiadas con la COVID-19 porque no les dieron la protección adecuada.

Una trabajadora fue obligada a cuidar a un adulto mayor que padecía el virus, fue contagiada y así la dejaron ir hacia su hogar, lo que produjo una cadena de contagios entre sus familiares.

Otra tenía síntomas leves, luego se intensificó hasta padecer dificultad respiratoria. En aquel instante, la familia la despidió y la echó a la calle. 

Vilma tiene prohibido enfermarse. 

Son las 9 de la noche. Desde la cocina observa la cena de la familia B. Parecen sacados de un comercial. 

Un comercial en donde privilegiados devoran e interiorizan el trabajo doméstico para mantenerlo invisibilizado, y así continuar con un sistema feudal que es representado por una élite que sigue sobreexplotando a personas racializadas y empobrecidas. 

Foto: Flor de Milagros Núñez

Ya es medianoche y la empleadora grita su nombre falso. Le pide hacer canchita porque están a punto de ver una película con sus hijos. Les sirve. Le dicen que si quiere puede ver la cinta junto a ellos. “¿Estos son mis pagos por estas horas extra?”, piensa.

Vilma se niega. Vuelve a su cuarto. A la una de la madrugada por fin puede descansar. Cierra los ojos. Vuelve a la oscuridad de cinco metros cuadrados.

Imagina un día con su hija, imagina un día con sus compañeras organizándose o protestando, imagina un día en el que los derechos sean derechos. 

Vilma y sus compañeras están encerradas desde marzo pasado, lo vienen denunciado desde la primera cuarentena.

Hay que resaltar que la problemática de las trabajadoras del hogar es económica, laboral, y de salud mental.

Recordemos que el año pasado se denunció a una agencia de empleo que solicitaba trabajadoras del hogar dispuestas a permanecer encerradas hasta que lleguen las vacunas contra la COVID-19.

La Sunafil indica que entre el 2018 y el 2020 existieron alrededor de 485 órdenes de inspección por las denuncias de las trabajadoras. Del total, 99 resultaron en sanción y 386 en archivo.

Para cerrar esta historia, quiero decir que Vilma existe y no existe a la vez. Vilma no es una, Vilma son más de medio millón de trabajadoras del hogar en el Perú, según lo registran las federaciones y sindicatos. 

Foto: Flor de Milagros Núñez

Hasta hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, muchas de ellas vienen resistiendo a través de canastas, víveres, ollas comunes, organización entre sus barrios. La gran mayoría no ha recibido los bonos del Gobierno.

*Vilma no es un nombre/personaje real debido a que por seguridad podrían tener represalias. Sin embargo, su historia se basó en las muchas experiencias contadas por las propias trabajadoras del hogar en el marco de la pandemia, con autorización y colaboración de Leddy Mozombite, secretaria general de la Federación Nacional de Trabajadoras y Trabajadores del Hogar del Perú (Fenttrahop), María de los Ángeles Ochoa, secretaria general del Sindicato Nacional De Trabajadoras Del Hogar del Perú (Sintrahogarp) y Carmen Rosa Almeida Escuza, secretaria general del Sindicato de Trabajadoras y Trabajadores del Hogar de la Región Lima (Sinttrahol).

*La mujer de las fotografías es Leddy Mozombite, secretaria general de la Fenttrahop, quien accedió a colaborar con la parte gráfica del reportaje para representar el trabajo doméstico remunerado.

Fuentes:

“Empleadoras y trabajadoras del hogar cama adentro”. Tesis de la abogada, Bettina Valdez, también autora del libro “Revelando el secreto: Relaciones de género entre empleadoras y trabajadoras del hogar cama adentro”.

Trabajo del hogar en Perú. Último rezago colonial en materia laboral. Artículo escrito por el exviceministro de Empleo, Fernando Cuadros.

Tiempos de cuidados. Desigualdades, economía feminista y trabajo de cuidados en el Perú. Aportes para transformar un sistema en crisis. Investigación de Oxfam.

Habitaciones de servicio, proyecto de la artista y militante antirracista, Daniela Ortiz.

Texto: Jair Sarmiento

Edición: Carolina Morales

Fotografía: Flor de Milagros Núñez

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