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Asimov rueda sin derechos para llevarte el almuerzo

Asimov maneja por la avenida Javier Prado, una de las vías más extensas y congestionadas de Lima (Perú). A pocos metros observa a un muchacho desorientado. Así como él, lleva la caja de un aplicativo de delivery en la espalda, pero no parece tener experiencia. Un par de carros casi lo atropellan. Se acerca a él y en efecto, el muchacho confiesa que está aprendiendo.

Varias personas hallaron en el delivery por aplicativo una solución rápida al desempleo o al despido intempestivo. Solo en septiembre del 2020 se despacharon 43.816 motocicletas, el pico más alto, según la Asociación Automotriz del Perú.

“Movemos la economía de los distritos, muchos comercios venden en Facebook o Instagram a través de nosotros, el delivery ha sido considerado esencial, pero nuestros derechos no, somos perseguidos por las autoridades, nuestro trabajo es estigmatizado, y si eres migrante, la cosa empeora”, afirma.

Asimov lleva 25 años sobre una moto. Es de Venezuela. Por 16 años fue empleado de una de las principales empresas de seguros. Se licenció en administración e hizo una maestría en negocios corporativos. Tiene dos hijos. “Mi vida era totalmente diferente”, cuenta. 

Está por cumplir tres años en el Perú. Su primer empleo fue en una sanguchería en Jesús María. Allí trabajaba 14 horas diarias de lunes a sábado por S/ 1.000 al mes. 

“Muchos de los que nos dedicamos al delivery comenzamos así, en restaurantes, donde al menos nos dan el desayuno, almuerzo y pasajes”, comenta.

Foto: Rodrigo Díaz

Al inicio vivía en el Cono Norte. En aquel tiempo, los domingos no eran para descansar, se dedicaba a ser mozo o lavaplatos. Así ganaba S/ 60.

Todo lo que ahorraba era para comida, alquiler y para enviarlo a su familia. Sin embargo, se dio cuenta que esa cantidad era insuficiente. 

Un día conoció a un paisano que vendía en los buses. Le enseñó y se dedicó a ello los domingos. Conseguía S/ 150 por día vendiendo rosquitas y panecillos de maíz dulce.

Sin embargo, hubo una pausa intermitente en su vida. En el verano del 2019 viajó a Chile. Estuvo tres meses en Viña del Mar, trabajando para una empresa textil y los fines de semana en un restaurante.  Ganaba bien hasta que lo estafaron. 

Perdió todo, tampoco pudo regularizar sus papeles, por lo que regresar a Perú era la única opción ya que no podía perder su estatus migratorio.

Aunque, a su regreso, “el mercado comenzó a cambiar drásticamente”, señala. Glovo, Rappi y Uber Eats ya se habían consolidado dentro del territorio peruano.

Foto: Rodrigo Díaz

Existían 20.000 repartidores antes de la pandemia de la COVID-19, ahora el número se ha duplicado según un estimado del Diario El Comercio. 

Asimov ingresó al mundo de las aplicaciones de delivery cuando un sobrino suyo compró una moto y se la alquiló para que trabajara.

Para empezar tuvo que pagar S/ 150 a Rappi por una caja térmica. Las aplicaciones no te dan las herramientas de trabajo, te las venden. Glovo cobra hasta S/ 500 por todos sus implementos, según un informe del Ministerio de Trabajo.

Asimov trabajaba hasta 48 horas seguidas. No iba a su cuarto para evitar los accidentes, porque de madrugada estaba propenso a quedarse dormido, descansaba un rato en los parques y a veces en los grifos, luego continuaba.

Actualmente, los repartidores indican que laboran 13 horas diarias (contando sábado y domingo) o más para ganar poco más del sueldo mínimo.

Hay que recordar que en el 2019, Glovo les recortó el sueldo de manera unilateral. Los repartidores protestaron, pero nada cambió. Hoy, en plena segunda ola del virus, sus ingresos están aún más afectados.

Pero no solo en lo económico hay un gran impacto, también en la salud mental.

Asimov cuenta que hacer delivery era una manera de lidiar con su ‘luto familiar’ ya que se había separado de su esposa y era buen tiempo que no veía a sus hijos.

“Los muchachos me decían que era de hierro porque no dormía, lo intentaba, pero la pensadera no me dejaba, así que me montaba en la moto y sobre ella, me olvidaba de todo, éramos uno solo”, comenta.

Según la Organización Iberoamericana de Seguridad Social (OISS), el estrés laboral resulta el principal riesgo psicosocial que se percibe en quienes prestan servicios a través de plataformas digitales. A ello se suman otras enfermedades como la depresión y ansiedad.

Ahora vive en Surco Viejo, en una de las habitaciones de un departamento junto a seis personas, una de ellas también se dedica al delivery. “Ese es el común denominador de la gran mayoría de nosotros”, señala. 

En pleno sol abrasante y con un uniforme totalmente amurallado, Asimov resiste, bromea y ríe y se organiza junto a sus compañerxs. Siguen luchando contra lo que llaman: la nueva esclavitud del siglo XXI.

Las protestas de repartidores de delivery en noviembre del 2019. Foto: Carlos Contreras / La República

Mientras espera un pedido, cuenta que en diciembre, por festividades y compromisos familiares, tuvo que laborar todos los días desde las 7 de la mañana hasta las 12 de la noche, en tres aplicaciones.

No hay horario de refrigerio porque la aplicación le sigue enviando pedidos. Los repartidores comen velozmente fuera de los restaurantes y centros comerciales, mientras se prepara el almuerzo o cena de algún cliente. Si rechazan algún pedido, tienen represalias en su salario.

Asimov indica que ese es solo un detalle del trato inhumano que reciben de las aplicaciones.

A 10 meses de pandemia, las aplicaciones siguen desentendiéndose de su bioseguridad. Tienen que conseguir guantes, mascarillas y alcohol por su propia cuenta.

Estas denuncias vienen desde marzo del año pasado. A la fecha ya muchos de sus compañeros se han contagiado con la COVID-19.

Asimismo, comenta que en noviembre del 2020, durante las protestas contra la dictadura de Manuel Merino, sus compañeros también tuvieron que realizar pedidos en puntos donde la Policía reprimía con gases y perdigones.

Llega un pedido. Arranca.

Mientras lo espero, otros de sus compañeros me hablan de amigos que han sufrido graves accidentes o que han muerto haciendo delivery.

Foto: Rodrigo Díaz

“Un taxista arrolló a un compañero y cuando fueron a la comisaría, el taxista le dijo al policía que anteriormente ya había atropellado a un repartidor y que todo se solucionaba con S/ 100. La autoridad ni se inmutó. Nos ven como escoria”, comentan.

Las aplicaciones contratan un seguro de accidentes, pero para tener acceso debe tratarse de un caso muy grave como la pérdida de una extremidad, y solo cubre cinco días de hospitalización.

El seguro de Glovo, señalan, inicia su cobertura cuando recogen la mercadería y termina cuando la dejan. Si ocurre un accidente en los traslados hacia los puntos de recojo o después de los puntos de entrega, la protección es inexistente.

Y en el caso de los repartidores que trabajan en bicicleta no hay nada que los auxilie. Están totalmente desprotegidos.

Ahí no acaban los problemas, “tienes que lidiar con muchos demonios, todos los días”, afirma.

Según el Observatorio de Plataformas Perú (OPP), de cada 10 repartidores, 8 son venezolanos. Asimov y sus compañeros han recibido insultos xenófobos, clasistas y racistas.

Un ejemplo reciente ocurrió hace poco cuando un individuo de Miraflores agredió y humilló a un compañero suyo que trabajaba en Rappi.

A ello, quiero añadir que cuando conversaba con Asimov en dicho distrito, presencié cómo el serenazgo los “fiscalizaba”, les pedían identificarse de una manera muy hostil.

Foto: Rodrigo Díaz

Asimov se acercó a uno de ellos y les dijo que se tranquilicen porque estaban cometiendo un abuso, a lo que uno de los uniformados le dijo: “¿Abuso? Abuso hay en tu país”.

Otro de sus compañeros fue rodeado e interrogado por más de 7 serenazgos, uno de ellos deslizó la idea de que estaba ‘marcando’ para robar. Luego se identificó y lo dejaron en paz.

Asimismo, las repartidoras, además de lo mencionado anteriormente, sufren abuso ante la necesidad económica, todos los días.

Si bien el 84% que se dedica a esta actividad son hombres, el 16% son mujeres, víctimas de violencia de género, hostigamiento y acoso sexual por parte de los usuarios de las aplicaciones. Así lo señalan datos del OPP y Ministerio de Trabajo.

Se ven forzadas a tolerarlo porque de lo contrario el usuario podría asignarles una puntuación negativa, por lo que sus ingresos se verían afectados.

Su trabajo es juzgado por la aplicación, los restaurantes y los clientes. Los repartidores no tienen derecho a réplica o defensa.

Son controlados mediante un algoritmo que les ordena a donde ir, cuánto deben demorar, y cuánto ganarán.

A todo ello, se suma la absoluta ausencia de derechos laborales. No poseen salario y horario fijo, Compensación por Tiempo de Servicios (CTS), Gratificación, fondo pensionario y libertad sindical, pero lo vienen exigiendo.

Piden, también, la regulación tributaria de estas ‘apps’. 

El OPP también indica que las operaciones de estas ‘apps’ “no se gravan con el IGV, debido a que la norma no cuenta con los mecanismos para recaudar cuando se trata de transacciones digitales entre un consumidor ubicado en Perú y una empresa constituida en el exterior —Uber está domiciliada en Holanda y Glovo en España—. Es decir, ni los aplicativos ni el usuario pagan actualmente el impuesto”.

Mientras que los repartidores sí deben emitir pagos mensuales de los impuestos correspondientes de manera mensual en calidad de Impuesto a la Renta y el Impuesto General a las Ventas (IGV) por el servicio de mensajería y reparto.

Composición: Mataperrea

Entonces, sobre la espalda no solo llevan una caja térmica, también soportan un sistema neoliberal de hiperexplotación llamado gig economy o economía de las plataformas, el concepto suena innovador, pero, como explica la Organización Internacional del Trabajo (OIT),  el trabajo que generan se asemeja a muchas modalidades laborales tradicionales, con la diferencia de que cuentan con una herramienta digital.

Los motorizados se encuentran en medio de un ‘debate’ sobre si deben ser reconocidos como trabajadores o independientes, hay jurisprudencia a favor de ellos y a favor de las empresas tecnológicas.

Sin embargo, Asimov señala que si el Gobierno y otras entidades toman en cuenta la primacía de la realidad, —es decir, su día a día—, se darán cuenta que existe una relación laboral y no de independencia.

“Se debe plantear una normativa que cubra todos estos vacíos. La población necesita de los aplicativos y los aplicativos necesitan de los motorizados. Nosotros estamos desasistidos en términos de salud, laboral y legal”, sostiene.

En el 2020 hubo más de cuatro protestas de repartidores de delivery a nivel internacional, aproximadamente en 15 países de cuatro continentes.

Brasil fue el país de la región que convocó a una gran masa de repartidores a través de volantes como este. Fuente: Crisvector

En esta pandemia los derechos laborales vulnerados se visibilizaron únicamente a través de las marchas de lxs trabajadorxs.

Es el caso de las trabajadores del hogar, las obreras de limpieza pública, los trabajadores mineros, trabajadores de Ripley, Tottus o Saga Falabella, y muchos más.

Asimov comenta que no pueden manifestarse porque el marco laboral en el Perú es muy débil , y, comparado al de otros países de la región, tienen todo en su contra. No pueden ni dar sus verdaderos nombres para esta historia. 

“Nuestra lucha por recibir el reconocimiento dentro de la sociedad laboral profesional activa se remonta en la historia, una extrapolación de la revolución francesa y la revolución industrial, donde se tuvieron que derribar todos esos paradigmas de esa época para el reconocimiento laboral”, manifiesta.

El negocio de las plataformas y su discurso de ‘trabajos independientes’ no solo se limita al delivery, se ve en el servicio de taxi (Uber, Beat y Cabify), compra de alimentos en supermercados (Cornershop), empleos temporales (TimeJobs), entre otros rubros.

Recordemos que al inicio de la pandemia, las exministras de la Producción y Trabajo, Rocío Barrios y Sylvia Cáceres, dijeron que esta actividad no podía reactivarse porque no estaba regulada y no garantizaban la seguridad y salud de sus repartidores.

Sin embargo, al Gobierno de Martín Vizcarra no le importó que sea un empleo precario. Las aplicaciones reanudaron.

Y ahora el actual Gobierno de Francisco Sagasti ha dispuesto que este trabajo se realice las 24 horas, sin siquiera tomar en cuenta las condiciones en la que trabajan los motorizados.

El Ejecutivo creó un grupo de trabajo en el 2019 para realizar un informe —el cual hemos estado citando a lo largo del texto— que aborda los vacíos en este rubro, pero este documento sigue empolvándose hasta la fecha en algún rincón del Ministerio de Trabajo.

Asimov fue el nombre que, irónicamente, eligió el motorizado para representar la deshumanización y automatización salvaje de los trabajadores

Fuentes:

– Informe del Grupo de Trabajo del Ministerio de Trabajo para abordar la problemática del reparto de delivery por aplicativo.

Primer estudio del Observatorio de Plataformas Perú.

Segundo estudio del Observatorio de Plataformas Perú.

Texto: Jair Sarmiento

Edición: Carolina Morales

Fotografía: Rodrigo Díaz

Como este es un proyecto autofinanciado e independiente, agradecería mucho sus colaboraciones para seguir cubriendo buenas historias. Otra manera de ayudar sería compartiendo. Saludos y abrazos.

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