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Pedro sigue nadando contra Repsol

“Un hombre puede ser destruido, pero no vencido”.
El viejo y el mar, Hemingway.

El crudo lo golpea todos los días, pero él trata de no ceder. Como una peña, su cuerpo resiste. El aire ya no es el mismo, pero sigue respirando. El olor irritante no se va de sus pensamientos. Repsol lo ha pintado con el color de la muerte.

Pedro Álvarez Asian es pescador artesanal. El origen de su nombre significa “piedra” o “firme como una piedra”, como las rocas de las playas que estuvieron envueltas con el petróleo de Repsol. Como aves y peces, estuvo sumergido en la oscuridad.

En la playa Bahía Blanca (Pachacútec – Ventanilla) existe una casita de más de 20 años donde Pedro y sus compañeros se organizaban para pescar de lunes a domingo. Allí fabricaban sus propias redes con corchos, sogas, hilos, plomos y boyas;  otras veces solo salían con cordel en mano. 

Una vez preparados, nadaban entre 200 y 1.100 metros hacia otras islas del distrito de Ventanilla. A puro brazo. Llevaban almuerzo, cartones, tecnopor y frazadas en bolsas de plástico para que no se mojen. Partían a las tres o cuatro de la tarde y llegaban al anochecer.

Quien llegaba primero era nombrado ‘el hijo de Poseidón’ o ‘el hijo de Aquaman’.

Antes de pescar en las islas (‘La Cabrillera’, ‘Aleta’, ‘Tortuga’ y ‘La Pancha’), —como ellos les llaman—), colocaban un cigarro o una hoja de coca sobre la arena. “Palmoteamos tres veces, nos persignamos, y a su bendición de ellas”, cuenta Pedro, y la tierra y el mar les ofrecían cabinza, cherlo, cabrilla, chita, pintadilla, trambollo, lenguado, corvina, lorna, liza y más pescados.

Si no nadaban, usaban la ‘Chili’, su barca, ahora agrietada y descolorida por el sol y varada en la arena. Ya no pueden pescar ni amarrarla al muelle, porque no funciona y está cerrado. 

Pese a ello, hay momentos en que la necesidad los obliga a meterse al océano usando un inflable circular negro a modo de bote que tiene la forma y el tamaño de una llanta de tractor. 

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No pertenecen a un gremio o asociación, son pescadores artesanales independientes. Se hacen llamar ‘Los delfines del agua’, como a veces se califican entre bromas.

Pedro de 53 años afirma que los animales también eran sus colegas. Cuando veían delfines o pingüinos, sabían que era una señal de bendición.

“De ellos hemos aprendido muchas cosas”, comenta.

Según la Defensoría, el derrame de Repsol mató cerca de 900 especímenes, entre ellos, animales vulnerables o en riesgo de extinción (lobo marino chusco, zarcillo, pingüino de Humboldt y la nutria marina).

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“Es temporada”, comenta Pedro, pero incluso si sacaran peces, no podrían venderlos ya que sería un “atentado contra la salud pública”.

“Trabajábamos de noviembre hasta junio para sacar provecho a toda la mar. En invierno se pone brava, a veces una semana es movida y no se puede pescar”, explica Pedro.

En los primeros meses del año sacaban varios kilos de productos marinos. Hasta S/ 180 en cangrejos y S/ 700 en corvina. A diario, cada uno de sus colegas podía hacer S/ 200 aproximadamente. Cuando algunos compañeros no pescaban nada, compartían. 

Hoy están atados de manos. “Lo que tenemos ahora es el abandono, si no hacen nada por el agricultor, imagínate por los pescadores”, manifiesta.

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El mar era como una madre, dice Pedro. ‘La vieja’, como le dicen sus colegas, escuchaba sus gritos y problemas. “Nos ha alimentado, nos ha dado educación, nos ha mantenido vivos”, explican.

La pandemia fue dura, pero, según los pescadores, el virus no ha sido tan mortal como Repsol. 

“Me robaron parte de mi vida”, dice Pedro, trujillano de nacimiento, pero con herencia haitiana por su abuelo. Migró a Lima a los 16 años para estudiar, pero por falta de oportunidades, hizo servicio militar y luego trabajó como personal de seguridad.

Después se instaló en lo que ahora es el distrito de Pachacútec. Allí fue conociendo a sus compañeros de mar.

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Uno de ellos es Sixto Vásquez (52), a quien conocen como ‘el chiclayano’ por su tierra de origen. A su lado está Patrick, su hijo de 25 años, quien también es pescador desde los 7 años. Es uno de los más jóvenes del grupo junto a Anderson Barbadillo de 22 años.

Jhonatan Urbina, quien es de Jamalca (Amazonas), dice que ante la crisis tiene que irse a provincia cada fin de semana, a trabajar de lo que sea.

Cristian Reyes, hijo de Pedro, mira reflexivamente a su alrededor, en sus ojos hay dolor y resistencia. Está parado al borde de una peña, firme, sin miedo. “¿Qué harías si te arrebatan la comida y el trabajo?”, cuestiona y espera que quienes toman las grandes decisiones en el Perú, respondan. 

“Tenemos miedo de que amanezca, porque habrá más contaminación”, dice Ignacio Medina (34), originario de Calzada (San Martín), quien tiene dos hijos de 11 y 6 años.

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En un par de horas cerca al mar contaminado, uno puede sentir dolores de cabeza y mareos. Otros síntomas son irritación y ardor en la piel, malestar, picazón en los ojos, etc.

El olor es tan intenso que no se desprende de los peces que a veces intentan cocinar. “Tratas de freírlo o hacer un sudado y se siente el hedor”, mencionan. Han construido una cocina a leña ya que no tienen para el gas.

La escasez los ha obligado a vender hasta sus propias herramientas. “A este punto nos vamos a quedar sin nada, ¿y qué van a decir? ¿que no somos pescadores?”, cuestionan. “Ya nos da vergüenza llegar a nuestras casas”, confiesan.

“Hasta los perros nos abandonan”, bromean, pero hay una perrita que hasta ahora los acompaña. La llaman ‘La Negra’ por el color de su pelaje.

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Pedro y sus colegas escalan las peñas como si estuvieran en tierra firme. Algunas sendas son empinadas y riesgosas. Ya han fallecido personas y compañeros suyos, pero en cada paso saben que su territorio los cuida, no dudan ni retroceden, ahí es cuando sus cuerpos y la playa son uno solo.

“Estos caminos se han construido con los pies de los pescadores antiguos desde hace 70 años”, dice Christian (28), el hijo de Pedro, pescador desde los 11 años, quien ha escalado todo con los pies descalzos. “¿No te duele?”, le preguntan. “Más duele el hambre”, responde con las plantas de sus pies sobre piedras cortantes.

Desde arriba se puede observar cómo la espuma tóxica y marrón se mece entre ola y ola, y cómo las rocas se han vuelto más oscuras, además de la iridiscencia de crudo (reflejo de una mancha de aceite visible) poner – sobre el agua que llega hasta la orilla y deja manchas transparentes verdecremas sobre la arena.

“El petróleo se ha ido al fondo (marino), está matando todo ahí”, dice uno de los pescadores.

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Esa gran mancha negra se expandió desde el sábado 15 de enero. En ese momento, el buque Mare Doricum descargaba el crudo en las tuberías submarinas de la Refinería La Pampilla, propiedad de la multinacional española, Repsol.

Aquel día, a casi 15 kilómetros de la refinería, Pedro y sus colegas nadaban hasta La Pancha, la isla que se encuentra frente a su casa.

Llegaron en la noche, acomodaron algunas cosas, y cuando estaban a punto de dormir, sintieron un olor siniestro. Pedro les dijo que creía que el hedor podía provenir del bote y sin más preocupaciones, se echaron a dormir.

Al día siguiente, ya en la orilla, sintieron un olor tóxico muy penetrante como el betún y mientras más se adentraban en el mar, el olor era aún más insoportable. Pero eso no impidió que Pedro se meta al mar para sacar cangrejos; sin embargo, cuando salió, sintió y observó como una grasa oscura rodeaba sus piernas. 

“Nos mataron”, fue lo primero que pensó.

Ese domingo se viralizaron numerosas denuncias de vecinos de Ventanilla sobre el derrame de petróleo de Repsol.

Luego de la presión ciudadana, la empresa emitió un primer comunicado sin logo, en donde afirmó que se trataba de un “derrame limitado” debido a “mareas inusitadas” y que sus brigadas habían logrado “controlar el incidente”. 

Repsol informó a las autoridades que sólo se habían derramado siete galones de petróleo, es decir, mucho menos que un barril.

“Nunca hubo oleaje anómalo, ni siquiera ha habido movimiento de mar fuerte”, dice Pedro y sus compañeros.

El Ministerio de Ambiente (Minam) desmintió a la empresa y afirmó que en realidad se habían derramado cerca de 12.000 barriles que se esparcieron por los distritos de Ventanilla, Santa Rosa, Ancón, Aucallama y Chancay. Fueron afectadas 46 playas.

Según la Defensoría del Pueblo, dicho volumen de crudo equivale a 564 piscinas olímpicas.

No es la primera vez que Repsol miente. En el 2013, se sancionó a la Refinería La Pampilla por no controlar el derrame de crudo en la playa Cavero y por presentar información inexacta.

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“Ellos piensan que nosotros somos tontos y que son superiores solo por tener más estudios o ganar mucho dinero, pero no es así”, sentencia Pedro. Recuerda que un ingeniero de Repsol le dijo que “si el problema seguía, pues, ¿por qué no se iba a otro lado?”.

Aparte de ese episodio, dos entrevistas evidenciaron cuán preparados estaban las cabezas de la multinacional. 

Tine Van Den Wall, gerenta de comunicaciones, dijo a los medios: “Nosotros no nos consideramos responsables del desastre ecológico. (…) Pensábamos que era algo leve”.

Por su parte, Jaime Fernández-Cuesta, presidente de Repsol Perú, declaró a un canal de televisión que el derrame era un “desastre natural” y que los hidrocarburos “no contenían metales”.

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A cuatro meses del crimen ecológico, Pedro no cree en lo que diga o haga la empresa. Pero le sorprende mucho que un gobierno que se autodenomina “del pueblo” los haya dejado solos frente a esta crisis. Y sobre el Congreso, ni qué decir.

Un Ejecutivo que permitió que pescadores reciban canastas y sean contratados para la limpieza del desastre que otros ocasionaron, con gabinetes y ministros fugaces, con negociaciones a espaldas de los afectados y ministros de Ambiente pasivos.

Un Legislativo que rechazó el Acuerdo de Escazú en pleno desastre. Congresistas que fueron a las zonas afectadas portando carteles de “Asamblea Constituyente”, pero pasada la coyuntura, se olvidaron del problema.

Sobre el Presidente, Pedro dice que nunca se acercó a los pescadores de Bahía Blanca. “El hombre cree que sigue haciendo mítines, estamos peor que mal”, comenta.

Para Asian, la clase política solo vino a tomarse fotos, “hicieron su show y se fueron”.

Pedro estuvo enfermo por estar en constante contacto con el hidrocarburo ya que registraba a diario lo que sucedía en la playa. Tuvo diarrea y llegó a defecar sangre. No podía retener la comida. Tenía comezón en la garganta, le ardía la vista y sus pulmones se agitaban. Estuvo tratándose con arcilla medicinal.

Repsol ha anunciado que finalizó con la limpieza de 28 playas infectadas, entre ellas, Bahía Blanca. Aunque Pedro y otros pescadores de distintas zonas afectadas siguen evidenciando, a través de fotos y videos, que el mar sigue contaminado. 

Hay que recordar que, a finales de enero, las autoridades confirmaron un segundo derrame de petróleo por Repsol. Asimismo, el Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (OEFA) advirtió que la empresa estaba enterrando arena contaminada de petróleo debajo de arena limpia y ordenó el cese de ese “método de limpieza”.

“¿Cómo pueden decir que están limpiando? Solo limpian lo de arriba, ¿y lo de abajo?”, exclama Pedro. 

A ello se suman los informes del Colegio de Ingenieros del Perú y de la Organización de Naciones Unidas (ONU), los cuales indican que la empresa no tiene una adecuada ejecución de recuperación y limpieza, y afirman que tuvo deficiencias frente al derrame. Los expertos calculan que este desastre afectará a la costa entre 6 y 10 años.

“En el futuro podría darse un escenario de conflictividad social en las zonas del norte donde el derrame no ha llegado. Muchos pescadores de la zona afectada podrían verse empujados a realizar sus labores en dirección al norte, lo que podría generar una presión en el ecosistema y una competencia con pescadores de esa zona”, señala un informe de marzo de CooperAcción. 

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Y para aliviar lo que dure la crisis económica y laboral de los pescadores el Gobierno anunció un bono durante los últimos días de enero. 

“Estamos planteando medidas extraordinarias, como por ejemplo la evaluación de un bono de S/ 1.000 a sectores y estratos directamente ligados y afectados”, fueron las palabras del ministro de Comercio Exterior y Turismo, Roberto Sánchez a un medio local.

“Ojalá la empresa actuara rápidamente para resarcir los daños, pero en tanto eso no se haga, el Estado tiene que actuar rápidamente para apoyar económicamente a las familias afectadas”, decía el entonces ministro de Economía, Pedro Francke.

Pasó más de un mes del derrame para que la ministra de Desarrollo e Inclusión Social, Dina Boluarte, diga que el gobierno recién estaba sincerando el padrón de damnificados, sin detallar la fecha de pago.

“A nosotros no nos gustó cuando llegaron a empadronar, porque había quienes incluso no eran pescadores y los anotaban”, señalan.

Debido a escándalos internos en el Gobierno, hubo renuncias y dos cambios de gabinete en medio de esta crisis ambiental. 

Y una de las primeras medidas del actual Ministro de Economía Óscar Graham fue rechazar el bono para los afectados por el petróleo. Ni el premier Aníbal Torres ni el presidente Pedro Castillo se pronunciaron al respecto.

Cabe agregar que la expremier Mirtha Vásquez confirmó que el anterior gabinete había aprobado un presupuesto para atender a los afectados por el petróleo de Repsol.

A inicios de marzo, la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) y Repsol firmaron un acuerdo para dar un adelanto de indemnización de hasta S/ 3.000 para los damnificados, pero pescadores y comerciantes de las zonas perjudicadas denunciaron que no participaron de dicho pacto. 

Pedro y sus colegas de Bahía Blanca tampoco fueron consultados, y señalan que dicho monto es una burla considerando los gastos de su oficio, aparte de lo que destinaban a su hogar, educación y salud.

“Yo no estoy mendigando, ustedes —en referencia a Repsol— me quitaron el plato de comida, estoy pidiendo lo que es, lo que toda mi vida ha sido”, afirma Pedro.

A la fecha, ya existe un segundo adelanto, pero hay pescadores y comerciantes afectados que no han sido empadronados y por ende, ni siquiera han recibido el primer monto de indemnización. Pedro y sus compañeros son parte de ese grupo.

Según el Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci), existen 15.589 personas afectadas por el petróleo de Repsol, pero aún no se conoce el número real ya que siguen reportando denuncias y más personas damnificadas que no solo se dedican a la pesca artesanal, sino al turismo, comercio interno, entre otras actividades.

Algunos de los colegas de Pedro han dejado la pesca por el momento. Hacen mototaxi, trabajan como ayudantes de cocina, se dedican a hacer toldos para eventos, incluso un colega suyo ahora se dedica a botar la basura de los mercados.

“Repsol se está burlando, el Gobierno también, ya no va a haber la misma pesca, las islas van a estar desoladas, y eso, ¿quién va a reparar? Eso ya no tiene reparación”, dice Pedro.

“Hoy fuimos nosotros, ¿a quién le va a tocar mañana?”, pregunta.

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Apuntes:

– El derrame de petróleo de Repsol es el mayor desastre ecológico de Lima, pero en la Amazonía siguen ocurriendo derrames hasta la fecha. Según el informe “La sombra de los hidrocarburos en el Perú”, la Amazonía registra cerca de 600 derrames desde 1997. 

-El OEFA informó a Mataperrea que ya realizaron la verificación de las playas que Repsol reportó como limpias. En una primera ocasión, la entidad dijo que se pronunciarían en unas semanas, pero ahora indican que no tienen fecha para comunicar los resultados.

-Mataperrea contactó a Repsol para saber cuando terminarían la limpieza de las otras playas contaminadas, pero evitaron responder.

-Las últimas sesiones de la Comisión investigadora del derrame de petróleo del Congreso han sido reservadas, lo cual ha generado críticas por su falta de transparencia. Por otro lado, el informe final concluyó en que Repsol cometió malas prácticas en la descarga de crudo del 15 de enero y que aquel día no hubo oleaje anómalo.

– Entre enero y marzo de este año, Repsol duplicó sus ganancias totalizando 1.392 millones de euros por los precios altos de los hidrocarburos.

-Cualquier apoyo para Pedro y sus compañeros puede comunicarse al +51 980-237-157.

Texto: Jair Sarmiento

Edición: Carolina Morales

Fotografía: Flor de Milagros Núñez

Como Mataperrea este es un proyecto autofinanciado e independiente, agradeceríamos mucho sus colaboraciones para seguir contando buenas historias. Otra manera de ayudar sería compartiendo. Saludos y abrazos.

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