Las panteras negras nunca se fueron. Lo que vemos hoy con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (conocida como ICE por sus siglas en inglés) no es nuevo, es reciclaje histórico. La violencia cambió de uniforme para seguir con la continuidad del control racial en Estados Unidos (EEUU).
Sobre el control del relato, decir que “los Panteras Negras regresaron” es una trampa narrativa. Porque los Panteras Negras no desaparecieron por falta de apoyo, ni se diluyeron solos. Fueron perseguidos, infiltrados, encarcelados, asesinados y forzados al exilio.
Nacieron como respuesta a la violencia. La Black Panther Party —fundada en los 60— no nació de la violencia. Nació como respuesta organizada a la violencia estructural contra las comunidades negras. Violencia policial. Violencia blanca normalizada. Violencia estatal legitimada. Eso también es vulnerar derechos humanos. Aunque nunca los hayan querido llamar así.
En barrios donde la policía era fuerza de ocupación, los linchamientos eran tolerados, la segregación era ley, la autodefensa no era radicalismo, era supervivencia. Los Panteras no solo portaban armas, portaban desayunos gratuitos, clínicas comunitarias, educación política y organización barrial.
Por eso el FBI —principal agencia de investigación criminal y seguridad nacional del Departamento de Justicia de EEUU— activó el programa secreto: COINTELPRO, una de las mayores operaciones de represión interna en EEUU. No contra terroristas sino contra ciudadanos negros organizados. El objetivo no era arrestar. Era destruir, dividir, criminalizar, sembrar miedo y eliminar liderazgos
Fred Hampton fue ejecutado mientras dormía. Mark Clark también. Muchos otros pasaron décadas presos, fueron condenados de forma desproporcionada y huyeron para sobrevivir, como Assata Shakur. Ese fue el precio de exigir derechos humanos negros, costaba la vida o la libertad.
Aquí está la hipocresía histórica. Organizaciones como el Ku Klux Klan, responsables de terrorismo racial, nunca fueron exterminadas, ilegalizadas y perseguidas como estructura. No hubo un COINTELPRO contra ellas. El terrorismo blanco se tolera. La organización negra se aplasta y asesina.
ICE no inventó nada. Está usando tácticas recicladas: perfilamiento racial, criminalización por apariencia, persecución selectiva y leyes contra manifestantes. La libertad de expresión para blancos es un derecho, mientras que para negros y migrantes es un delito. Eso no es seguridad, es control racial.
En las últimas semanas circularon imágenes impactantes: Hombres y mujeres afrodescendientes, civiles, armados con rifles AK-47 y subfusiles, enfrentando verbalmente a policías y agentes de ICE durante redadas y protestas contra detenciones de migrantes. Las imágenes se viralizaron. La polémica también.
Este grupo se presentó inicialmente como Black Panther Party for Self-Defense, afirmando recoger el legado histórico de los Panteras Negras, aunque sin ser su continuación legal. Su líder, Paul Birdsong, sostuvo públicamente: Que recibieron apoyo y entrenamiento de ex militantes, que desarrollan programas de alimentación en Filadelfia y que reivindican la autodefensa armada frente al abuso estatal. Nada de esto ha sido plenamente documentado aún.
Durante décadas, distintos colectivos han retomado el nombre Black Panther Party. No es algo extraño: suele ocurrir cuando organizaciones históricas fueron brutalmente desarticuladas por el Estado. Pero en este caso, la visibilidad mediática fue repentina y el contexto, altamente sensible.
Tras críticas internas y debates dentro del movimiento negro radical, el grupo anunció que dejaría de usar el nombre Pantera Negra y pasaría a llamarse: Black Lion Party for International Solidarity. Este cambio no cerró la polémica. La profundizó. Algunos ven oportunismo. Otros, una maniobra de supervivencia política. Otros, una señal de algo más.
Dentro de las propias comunidades negras en EEUU no hay consenso. Existen al menos tres lecturas: Un uso indebido de un nombre histórico. Una posible operación encubierta del Estado (memoria COINTELPRO). Una expresión contemporánea, caótica pero genuina, de la larga tradición radical negra. La historia obliga a no descartar ninguna a la ligera.
Aquí aparece la pregunta más incómoda. En un contexto de decadencia de la potencia hegemónica, represión abierta, discursos racistas institucionales, criminalización de migrantes (mayoritariamente latinos): ¿Estamos ante una impostura? ¿Una provocación? ¿O ante modernos cimarrones armados, surgidos en medio de un imperio que se descompone? La historia no se responde con titulares. Se responde con tiempo, contexto y análisis crítico.
Dentro de toda la represión, dos ciudadanos estadounidenses fueron abatidos por agentes federales durante una operación de ICE:
• Renée Good (37 años) fue asesinada por un agente durante redadas en su barrio.
• Alex Pretti (37 años), enfermero y ciudadano, asesinado por agentes en medio de protestas.
No son “accidentes aislados”. Son la expresión más brutal de una política de control que no tiene reparos en asesinar primero y criminalizar después.
La operación de ICE —bautizada oficialmente como Operation Metro Surge— ha sido descrita como la mayor campaña de control migratorio en Minnesota, con detenciones masivas, acoso a observadores y uso de fuerza extrema. El saldo incluye: detención de familias y niños, agresiones cerca de escuelas, uso de gas lacrimógeno y tácticas militares y dos ciudadanos muertos. Eso no puede llamarse una política migratoria. Es una política de ocupación.
Mientras tanto, grupos radicales de extrema derecha como los heredados del Proud Boys, KKK, neonazis y otras milicias supremacistas, celebran la violencia de ICE y se benefician del clima de miedo y polarización. Si son blancos, la ley los protege. Si eres inmigrante, latino, negro o crítico, eres el enemigo.
Mientras activistas son criminalizados por grabar una redada, tantos otros grupos de extrema derecha operan sin consecuencias reales, incluso con apoyo tácito desde altos niveles del gobierno. Esto no es coincidencia, cuando el Estado aproxima su política con discursos xenófobos y supremacistas, las milicias y grupos de odio sólo se sienten más legitimados para actuar.
Y finalmente no, los Panteras Negras no “volvieron”. Lo que nunca se fue es: El racismo institucional, la criminalización de la organización negra, el miedo al poder que tienen los cuerpos que se organizan. La pregunta real no es quién usa un nombre hoy. La pregunta es: ¿Por qué exigir derechos humanos sigue siendo tratado como una amenaza nacional?
Texto:
Sthefany Pozú (@soyrizadyque_)
Investigadora especialista en estudios
afrolatinoamericanos y publicista.
