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El gas, Fujimori y EEUU

El balón de gas de tu cocina puede ayudarte a entender la crisis energética, económica, política, social, internacional y cultural en la que vivimos. ¿Qué hay detrás de la hornilla que prendemos para hacer un huevo frito?

El 1 de marzo ocurrió otra rotura del ducto que transporta el gas de Camisea, la principal fuente de energía del Perú. Tanto el gobierno como Transportadora de Gas del Perú (TGP) — empresa que opera el ducto desde 2004, año desde donde se registran fallas— prometen solucionar la crisis en 14 días. Se han declarado clases virtuales y teletrabajo, pero, ¿volver a la normalidad es pagar un balón de gas que está entre S/ 50 y S/ 100?

El gas que usas para cocinar proviene de un territorio indígena llamado Megantoni, ubicado en la provincia de La Convención, Cusco. A pesar de vivir a dos horas del yacimiento de Camisea, los ciudadanos de esta zona de la Amazonía cusqueña pagan, desde hace años, pagan más de S/ 100 por un balón de gas.

La masificación del gas, es decir, un gas seguro y barato para todos, fue una ilusión que nos vendieron empresarios y presidentes. El recurso se extrae del suelo ancestral de los pueblos indígenas del Sur del Perú que no solo pagan más por falta de infraestructura, sino que afrontan diversas carencias en servicios básicos (luz, agua, salud, alimentación, etc).

Sólo las regiones centrales y cercanas al ducto de Camisea reciben gas directo; mientras que el Sur y muchas otras regiones como Puno, Cusco, Apurímac, Arequipa, Moquegua y Tacna dependen de transporte en camiones o GLP (Gas Licuado de Petróleo), lo que encarece su precio.

Perú depende de un solo sistema principal de transporte de gas desde Camisea. El tramo inicial en la selva no tiene un ducto alternativo. Por eso el sistema es vulnerable cuando hay roturas. Y nunca se priorizó el proyecto Gasoducto Sur Peruano, que finalmente se paralizó por el escándalo de corrupción de Odebrecht, empresa responsable de su construcción.

En las dictaduras de Fernando Belaunde Terry y Alberto Fujimori, se permitió que empresas como Shell invadan y operen en tierras indígenas mediante concesiones sin consulta a las comunidades. Durante las exploraciones para hallar gas, los trabajadores de Shell trajeron una enfermedad que mató a casi la mitad del pueblo Nahua, según el libro “¡Sólo queremos vivir en paz!” de Lily La Torre.

En 2000 y 2004, los gobiernos de Valentín Paniagua y Alejandro Toledo firmaron contratos para que las empresas del proyecto Camisea operen más de 40 años, a pesar de que dicho yacimiento ponía en riesgo a los Pueblos Indígenas en situación de Aislamiento y situación de Contacto Inicial (PIACI).

Hoy compañías extractivas como Pluspetrol y Repsol —que han causado desastres ambientales en la Costa y la Amazonía peruana— forman parte del Consorcio Camisea que extrae y produce el gas que procede de los territorios indígenas.

En tanto, la principal responsable de la crisis que transporta y distribuye el gas es la empresa TGP, la cual tiene como principal accionista a EIG Global Energy Partners de Estados Unidos (49,87%), seguido de Sonatrach de Argelia (21,18%) y Enagás de España (18%). Un recurso peruano en manos extranjeras.

EIG tiene como presidente al empresario estadounidense Robert Blair Thomas, quien fue asesor en política energética de la Casa Blanca durante el gobierno de George H.W. Bush, quien le deseó éxito a Alberto Fujimori cuando dio el autogolpe del 5 de abril.

En tanto, el consorcio que se encarga de licuar y exportar el gas natural es Peru LNG. Entre las empresas que operan en este bloque también están Hunt Oil, Repsol y Shell. Estas dos últimas se reunieron con Donald Trump a inicios de 2026.

Hunt Oil es una compañía que financió y apoyó la campaña presidencial de George W. Bush, presidente de EEUU que fue cercano al expresidente Alejandro Toledo debido a sus intereses energéticos en Perú.

El sector energético en nuestro país se basa en el modelo neoliberal de EEUU implementado por Alberto Fujimori, que prioriza a grandes empresas y mercados internacionales. El economista Jorge Manco Zaconetti señala que más del 60% del gas natural se usa para generar electricidad en grandes plantas, mientras solo el 3% llega a los hogares.

La escasez de gas natural por la actual crisis ha obligado a muchos taxistas a usar gasolina, que es más cara porque proviene del petróleo, el cual subió de precio por la invasión de Estados Unidos e Israel a Irán, que afecta el paso del crudo por el Estrecho de Ormuz. Al circular menos barcos petroleros por esa ruta, el combustible se encarece por la poca oferta. 

La respuesta del gobierno peruano ha sido asumir las fallas de la empresa energética TGP. Se usarán recursos públicos para dar una ayuda económica a taxistas que usan gas natural y se elevará el Vale FISE (un subsidio para que las familias compren gas doméstico). Los peruanos asumiremos los errores del privado.

Las personas están agotadas. El modelo económico neoliberal nos golpea a diario. No es casual que la última vez que los peruanos incendiaron una bandera de Estados Unidos y China fue en 2024 durante el Foro APEC. 

Tampoco es casual que luego de su censura, José Jerí haya tuiteado: “Es prioritario asegurar el modelo económico, no hacer cambios bruscos”. Y no es coincidencia que el embajador de EEUU en Perú, Bernardo Navarro, haya visitado dos veces a José Balcázar Zelada.

EEUU necesita que el neoliberalismo —nacido en Washington— siga en los países del Sur, aunque empobrezca a millones de personas. Necesita el control de los recursos, aunque se contaminen territorios. Necesita gobiernos sumisos, aunque se cometan violaciones de derechos humanos. Necesita alardear de su poder militar, aunque mueran inocentes. Necesita que aspiremos a un estilo de vida gringo o europeo. Necesita eliminar a quienes propongan otras formas de existir, como el buen vivir, el Tajimat Pujut, Sumak Kawsay, Suma Qamaña, Ñande Reko, Küme Mongen o el Lekil Kuxlejal.

La energía es un privilegio en el actual sistema económico. Los derechos a un servicio esencial se seguirán postergando mientras no haya un cambio estructural. Las grandes compañías energéticas seguirán controlando el gas de los pueblos indígenas. ¿Seguiremos ignorando que el balón de gas de nuestras casas tiene una historia de despojo y muerte? Todo lo que inicia mal, termina mal, ¿no?

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