Cada vez que Sixto vuelve a la orilla, las olas le traen recuerdos que vivió junto a los últimos pescadores artesanales de Bahía Blanca, playa del asentamiento Pachacútec, en el distrito de Ventanilla, en la provincia del Callao, la cual fue afectada hace cuatro años por el derrame de petróleo de Repsol del 15 de enero de 2022.
Las voces de sus compañeros (Pedro, Jhonatan, Cristian, Ignacio y Anderson) permanecen en su memoria. Sixto está parado sobre lo que antes fue una casita, pero de la que hoy ya no queda nada. La casita hecha de madera servía de refugio y centro de herramientas, pero también contenía la cultura ancestral de los primeros pescadores.
En aquella casita que habían construido hace 20 años fabricaban sus propias redes con corchos, sogas, hilos, plomos y boyas. Antes de ir a pescar, sentían el viento y observaban el movimiento de las olas. Si no había peligro ni riesgos, se lanzaban al mar y braceaban cientos de metros para llegar a las islas que rodeaban la playa.
“¿Sabes cómo le decimos a esa isla?”, dice Sixto. Y responde: La Pancha. Más allá están ‘‘La Cabrillera’, ‘Aleta’, y ‘La Tortuga’. Antes de pescar en dichos territorios, colocaban un cigarro o una hoja de coca sobre la arena. Palmoteaban tres veces, se persignaban y pedían la bendición a la tierra y el mar.
Esa bendición, según ellos, se daba con la manifestación de delfines o pingüinos. Para los pescadores son como colegas de pesca. Antes del desastre ambiental, se podía hallar cabinza, cherlo, cabrilla, chita, pintadilla, trambollo, lenguado, corvina, lorna, liza y más pescados. Los peces no se acercan debido a la intoxicación del ecosistema.
“Antes marisqueabamos y pejesapeabamos. Ahora el choro se ha muerto. El choro ya no se quiere pegar en las peñas y los peces vienen por el choro, para comerlos, pero como no hay choros, tampoco peces. El olor del petróleo aún se siente en la brisa de la madrugada”, comenta Sixto, a quien le dicen ‘Chiclayano’ por su lugar de origen.
Los caminos que existen en las peñas e islas fueron hechas con las propias plantas de los pies de los primeros pescadores y pescadoras hace varios siglos. Ahora esas sendas, poco a poco, se están borrando con la casi desaparición de la pesca artesanal en Bahía Blanca.
En Bahía Blanca ya no existe la casita de los ‘Delfines del agua’, como se hacían llamar Sixto y sus compañeros. Luego que denunciarán que el petróleo de Repsol seguía en el mar, la Municipalidad de Ventanilla desmanteló la casita y echó a los pescadores. Varios de ellos ahora se dedican a otros rubros y otros viajaron buscando otro tipo de trabajo.
Y no es lo único que está en riesgo de desvanecerse. Los últimos pescadores y pescadoras tuvieron hijos a los que les transmitieron sus saberes, pero algunos ya no se dedican a la pesca y ese conocimiento se está perdiendo debido a la contaminación del mar con el crudo de la multinacional española ecocida.
“Está en riesgo las enseñanzas de nuestra cultura. Hoy en día no podemos llevar a nuestros hijos a pescar. Estamos preocupados”, relata Mercedes Yovera, vicepresidenta de la Federación de Pescadores Artesanales, Ancestrales y Tradicionales de los distritos de Ventanilla, Santa Rosa, Ancón, Chancay, Aucallama y Santa Rosa.
Las mujeres obreras del mar como Mercedes Yovera han sido invisibilizadas y discriminadas en el proceso ya que el Estado no las reconoce como pescadoras, y hoy están exigiendo que se visibilice sus problemáticas que se han desatado con el derrame. La contaminación de Repsol también ha provocado que pierdan sus ingresos y autonomía económica.
A pesar del panorama, Sixto y su hijo Patrick siguen viajando con su mototaxi viejita hacia las playas del Sur y el Norte para seguir pescando. Venden muy-muys como carnada a otros pescadores. Aunque a veces no alcanza, y para sobrevivir, Sixto va a la playa a recolectar residuos para venderlo a chatarreros.
Mientras tanto, Repsol sigue sin hacerse cargo de su desastre ambiental en Perú, pero hace poco uno de sus directivos se reunió en la Casa Blanca con el dictador estadounidense Donald Trump para dar a conocer su interés por «invertir con fuerza en Venezuela».
Los planes de rehabilitación de Repsol han sido rechazados por el Estado peruano y no es capaz de subsanar las observaciones de las autoridades ambientales. Tampoco pretende restaurar el ecosistema ni hacerse cargo del genocidio de especies.
En agosto y diciembre de 2025, los pescadores artesanales de Ventanilla hallaron restos de petróleo en las orillas de las playas Bahía Blanca y Cavero. Esto último fue constatado por los mismos obreros de la pesca, el biólogo marino Stefan Austermühle, CooperAcción y Oxfam.
Según un reciente informe de CooperAcción, Repsol sigue sin levantar más de 600 observaciones que entidades han hecho a sus Planes de Rehabilitación para las zonas afectadas de Huacho, Chancay, Aucallama, Ancón, Santa Rosa, Ventanilla.
“Repsol nos dejó abandonados. Nos dieron un dinero, pero eso no dura para siempre. En casa siempre hay gastos”, relata uno de los últimos pescadores de playa Bahía Blanca.
Para Sixto y sus colegas, la mar era como una madre. ‘La vieja’, como le dicen, escuchaba sus gritos y problemas. “Nos ha alimentado, nos ha dado educación, nos ha mantenido vivos”, explica. Repsol enfermó a la mar, a la madre de los pescadores artesanales.
Los efectos del derrame de Repsol no solo significaron la destrucción del ecosistema costero, los empleos y el turismo local. El petróleo también intenta borrar los conocimientos ancestrales de los pescadores artesanales de la costa peruana.
Anotaciones:
-Sixto también fue parte de una Historia que Mataperrea publicó en junio de 2022, pocos meses después del derrame de crudo de la multinacional Repsol.
-Cualquier apoyo para Sixto y sus compañeros puede comunicarse al +51 920 199 669
Texto: Jair Sarmiento Aquino
Fotografías: Flor de milagros N. Chalco
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